domingo, 3 de noviembre de 2019

Bon Iver - Sonidos de vanguardia



El viaje de 12 años de Justin Vernon, pasando de leñador de corazón roto grabando en soledad en la naturaleza de Wisconsin hasta su actual estatus como líder de la banda Bon Iver, capaz de llenar estadios, ha sido fascinante y de lo más improbable si cabe.

Con su presencia en escena – barbudo, pelón, sin miedo de ponerse un pañuelo, con las “latas” sujetas a su cráneo – se ha convertido en la cabeza de auriculares perennes.
Pero con tantos devotos que ha acumulado por el camino, otros han encontrado su repertorio igualmente exigente. 
“22, a million”, del 2016 le reposicionó como algo similar al Peter Gabriel post-electrónico, obstinadamente perpetrando voces que sonaban a cassettes enmarañados de forma deliberada, pero, en el tránsito, se perdieron algo de las melodías. 


Este cuarto álbum, con su título como de errata (ver también “gato de puntillas pasando por un teclado” con nombres tales como "Yi, IMi y RABi") arranca sonando como si pudiera ser un disco hermano de su predecesor, abriendo con una poco familiar familiaridad forma con una grabadora “verité” de Vernon experimentando con algunas voces mutantes reproducidas por un amplificador interrumpidas por explosiones de ruido blanco. 

Los tres tracks que siguen son igualmente tangenciales (y lo más que probable es que sean rechazados por los que disfrutaron las más accesibles piezas de “For Emma, forever ago”), pero con la doliente “cri de coeur” que es “Hey, Ma”, hay un resquicio entre las nubes aurales: la luz de sol se expande no obstante. 

 
Para todos los que las letras de Vernon resulten inconexas más allá de lo oblicuo, a menudo hay una línea o dos que arrojan un golpe emocionante.
En “RABi” se escucha a escondidas lo que parece una fuerte conversación, posiblemente bajo los efectos de las drogas (“Well, it’s all just scared of dying…” > “Bueno, todo tiene miedo de morir”) mientras que el amable bálsamo de “Faith” se cierra con una confesión (“I’m not all out of mine” > “No estoy del todo fuera de mí”).
Más directa todavía es la balada góspel a piano como de Prince que es “Man (u like)”, precedida por su ingenioso y divertido lyric video – que incluye caras animadas con penes como nariz – como es “una canción a todo hombre malo”, ensarta a todos los hombres depredadores con un mensaje: “Man, like you. Man improve > Hombre, como tú. El hombre mejora”). El hecho de que los cantantes invitados – Moses Sumney, Jenn Wasner de Wye Oak e incluso Bruce Hornsby – todos esbozan unas líneas sólo refuerza su poder consensuado. 

 

Producido con sabiduría, “i,i” no deja de sonar excelente, con ampliadas estructuras acústicas y eléctricas permitiendo cuerdas a lo pizzicato flotar en su extensión y nubes que se alzan de vientos soplar inesperadamente.  Realmente es un material de vanguardia:  sus manipulaciones digitales de sonido confirman que los bytes todavía pueden ceder a la calidez y belleza de lo análogo. 

La voz en falseto de Vernon a menudo rebosa de alma como en la futurista pieza de R&B que es “Salem” o los ecos del “III” de Peter Gabriel de “Naeem”, nuestro protagonista en pánico, después de “una mala, mala calada”, parece situarse en voces desesperadas (“I can hear, I can hear you crying” > “Puedo escuchar, puedo escucharte llorar”).

El hecho de que el difícil “22, a million” consiguiera el #2 en UK y USA es prueba del poder del testamento de esta música retorcida.
Este trabajo, dado el regreso de las melodías pegadizas, seguramente lo superará comercialmente. 


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