En mi lista de "tareas musicales pendientes" desde hace bastantes años, décadas diría, tenía para escuchar de una puñetera vez el segundo disco de Kosheen, "Kokopelli", el cual salté indiscriminadamente tras acoger en mis brazos sobremanera a "Resist" y "Damage" (tercer álbum), ¿por qué? Después de haberlo escuchado detenidamente meses atrás, solo decir que me perdí un discazo.
En 2001, Kosheen parecía tener perfectamente definido su territorio. Su álbum de debut, Resist, había conseguido algo que no era precisamente sencillo: llevar el drum & bass y el trip hop hasta las listas de éxitos sin eliminar por el camino su lado más oscuro. Canciones como “Hide U”, “Catch” o “Hungry” convirtieron al trío de Bristol en uno de los nombres más reconocibles de la electrónica británica de principios de siglo.
Por eso, cuando apenas dos años después apareció Kokopelli, muchos debieron preguntarse qué había ocurrido.
Las bases electrónicas seguían allí, al igual que la extraordinaria voz de Sian Evans, pero Kosheen había cambiado. Las guitarras habían pasado a primer plano, los breakbeats habían perdido buena parte de su protagonismo y la música parecía mirar hacia el rock alternativo, el trip hop más sombrío e incluso ciertos ambientes cercanos al rock gótico.
Y pocas canciones representan mejor aquella transformación que “Wish”.
El cambio resulta especialmente llamativo porque Resist había sido un éxito. Lo fácil habría sido repetir la fórmula. Más drum & bass, otra canción construida alrededor de una línea de bajo irresistible y, con un poco de suerte, otro “Hide U”.
Kosheen decidió hacer prácticamente lo contrario.
Había una razón importante detrás de ello: las giras.
Después del éxito de Resist, el grupo pasó de trabajar casi artesanalmente en sus grabaciones a recorrer escenarios de todo el mundo. Años después, Sian Evans explicaría que aquella experiencia influyó decisivamente en el segundo disco. Kosheen había descubierto lo que significaba ser una banda sobre un escenario y comenzó a escribir pensando también en cómo funcionarían aquellas canciones interpretadas en directo.
De ahí que Kokopelli tenga una presencia mucho más física. Hay guitarras, riffs, baterías contundentes y canciones construidas de una manera más próxima al rock.
La prensa musical de la época lo detectó inmediatamente. The Guardian describió el disco como un abandono de buena parte de la fórmula de Resist: menos drum & bass y grandes grooves y, en su lugar, guitarras y paisajes mecánicos que recordaban por momentos a Garbage o The Cure.
Pero Sian Evans siempre ha relativizado esa supuesta ruptura. Para ella, Kosheen nunca había pertenecido realmente a un único estilo. Años después, cuando le preguntaron precisamente por las críticas recibidas tras Kokopelli, defendió que desde Resist hasta sus discos posteriores todos seguían siendo inequívocamente Kosheen, sobre lo cual estoy de acuerdo.
En medio de ese nuevo paisaje aparece “Wish”, octava canción de Kokopelli y una de las piezas que mejor resumen el espíritu del álbum.
Su comienzo todavía conserva algo del ADN electrónico de Kosheen. Hay programación, una atmósfera opresiva y ese gusto por construir espacios sonoros oscuros que ya estaba presente en Resist. Pero enseguida aparece el elemento que marca la diferencia: las guitarras.
No están utilizadas como simple decoración sobre una base electrónica. Forman parte de la estructura de la canción.
The Independent llegó a definir “Wish” como una especie de himno electro-gótico, destacando precisamente la combinación de ritmos secuenciados y guitarras distorsionadas.
Es una descripción bastante acertada.
“Wish” parece encontrarse exactamente en la frontera entre los dos Kosheen: el grupo electrónico que había grabado Resist y la banda de rock electrónico en la que se estaba convirtiendo durante Kokopelli.
Y por encima de todo está Sian Evans.
Su voz siempre había sido el elemento que diferenciaba a Kosheen de buena parte de los proyectos electrónicos de la época. Evans podía cantar sobre una base de drum & bass sin sonar como una vocalista invitada a una producción electrónica. Había algo de soul, folk y rock en su forma de cantar.
En “Wish” esa característica resulta todavía más evidente. Sian demuestra vozarrón y se gana a los oyentes con esa rabia interpretativa.
La canción crece alrededor de ella hasta desembocar en un estribillo enorme, oscuro y melancólico. Ya no estamos ante una canción pensada fundamentalmente para un club. Es fácil imaginarla en un escenario, con una banda detrás y las guitarras llenando todo el espacio.
Sian Evans terminaría considerando Kokopelli su álbum favorito de Kosheen y afirmando que fue durante aquella etapa cuando empezó a sentirse realmente capaz de llamarse a sí misma compositora.
Eso convierte a “Wish” en algo más que una buena canción escondida en el segundo álbum de Kosheen.
Es una pequeña fotografía de un grupo en plena transformación.
Todavía puede escucharse el pulso electrónico que había hecho triunfar a Resist, pero las guitarras ya están empujando desde el otro lado. En medio permanece la voz de Sian Evans, funcionando como el hilo que une ambos mundos.
Y posiblemente ahí se encuentre el verdadero sonido de Kosheen: no exactamente en el drum & bass de Resist, ni en el rock electrónico de Kokopelli, sino en la tensión entre ambos.
Porque Kokopelli no fue simplemente el momento en el que Kosheen decidió poner guitarras en sus canciones. Fue también el disco en el que quedó claro que Kosheen nunca quiso ser únicamente un grupo de drum & bass.



























