martes, 3 de noviembre de 2009

El enfriamiento global



En Gotemburgo (Suecia) los vecinos no se conocen. Años compartiendo paredes sin haber compartido ni dos palabras. No se saludan si se cruzan en los pasillos comunes. Sin embargo, no son reservados a la hora de enseñar sus hogares. No tienen nada que ocultar. Evitan el uso de cortinas y se exponen desvergonzadamente a la vista de todos. Les vemos cocinar, ver la televisión, pasar la aspiradora. Les observamos mientras viven en su eterna caldera, mientras el mundo afuera se congela.

Se vanaglorian de una organización puntillosa y de autosuficiencia precisa. Se encargan de arreglar sus casas y sus vehículos. No requieren de nadie para las tareas mínimas de mantenimiento y a ello dedican su tiempo libre, a reparar las pequeñas grietas que hayan podido surgir en sus meticulosas existencias.

¿Qué le hace a las personas refugiarse en su pequeño cascarón y repudiar cualquier contacto directo con personas de carne y hueso? ¿El mundo no nos quiere o somos nosotros los que no queremos al mundo? ¿Qué nos ha pasado para llegar a determinadas conclusiones? ¿Es la experiencia un grado en todos los casos?

He visitado durante cuatro días la preciosa y pequeña ciudad de Gotemburgo y puedo decir como persona que observa y analiza, que finalmente, todos nosotros formaremos un gran Gotemburgo del mundo. Es la tendencia que se marca y pondera nuestra sociedad. Es la señal de nuestros tiempos. Es la conclusión que hemos alcanzado sin quererlo, sin pretenderlo.

Será el planeta Tierra un planeta de extraños, de personas que rechazan mirarse a la cara a no ser que sea a través de una webcam. Las direcciones son claras. Los efectos son inmediatos.

Un mes antes visité la maravillosa India y entonces confié en la naturaleza humana.
No puede haber dos países más antagónicos como Suecia e India. La organización frente al caos, el calor contra el frío.
La premisa para los indios es "Lo que no conocemos no podemos extrañarlo". Por lo que sorprende encontrar en las calles gente tan pobre y tan feliz. Sí, son felices con lo poco que tienen, pero... ¿son los suecos felices en su brillante organización y en su estupenda casa IKEA?. Probablemente vivan en un constante estado de insatisfacción que no les haga ver más allá en su deseo y obsesión. Saben que podrían estar mejor, contemplan alrededor y se miran frunciendo el ceño. ¿Qué sentido tiene tanta exigencia en la vida? ¿Qué precio hay que pagar para obtener la felicidad? ¿Realmente tiene un precio acaso?

Un sábado por la tarde en el centro de Gotemburgo no puedes ver apenas a nadie caminando por las calles. En Mumbai puedes ver cientos de personas rondando la puerta de India y el hotel Taj Mahal a la misma hora.

Suecia nos ha regalado música tan hermosa y con tantos valores que resulta difícil imaginarlos en un país tan gélido. Pero en cuatro días pude comprobar que debajo de esa fachada de orgullo y método, hay personas que sienten y padecen.
Sus sentimientos están ahí, esperando a salir, sólo esperan el momento certero. Puede que no saluden a su vecino, pero lo harán si son saludados, y seguramente se alegren al hacerlo.
Si preguntas despistado por las calles, te tienden una mano con una sonrisa y te intentan ayudar. Sólo hay que saber romper el bloque de hielo que los rodea y serán los primeros en demostrar que son ciudadanos de un mundo globalizador, como ellos quieren formar insistentemente y sin pudor,formar parte de un globo, de un conjunto. El hecho de que todos los hogares se parezcan no es casual. Es su manera de pertenecer a algo.

Nuestros corazones tienden a congelarse y las relaciones sociales nos han transformado de tal manera que ahora preferimos entablar amistades a través de un teclado que sentados en un parque.

El planeta se calienta, pero las personas se hielan y no parece que nadie quiera encender la calefacción.

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